Iesus Caritas Nº 164

La oración de las pobres gentes

Vuestra constante inquietud está en saber cómo poder encontrar en vuestra vida las condiciones necesarias a una oración auténtica, y cómo disponeros para poder entregaros a ella generosamente Tal vez en ciertos momentos se os haya ocurrido dudar que esto sea posible. Confieso que ante la gravedad de este problema me sentía a veces como a la entrada de un camino desconocido, de un sendero terriblemente estrecho y peligroso (...)

Ya os dije en la carta de Mar-Elías, que una de las principales objeciones que suelen hacerse a nuestro modo de vida era que el cansancio, el ruido con que se acompaña la mayor parte del tiempo, así como la pesadez del espíritu provocada por un esfuerzo físico penoso y prolongado, parecían quitar toda posibilidad de auténtica vida de oración. Me prometí a mí mismo volveros a hablar de ello. Ya comprenderéis hasta qué punto es grave esta cuestión, no sólo para vosotros, sino para millones de pobres gentes, de humildes trabajadores sujetos a un trabajo a menudo agotador para poder vivir. Presentía que para esta objeción tendría que haber una respuesta. Dios nos acuciaba hacia una participación cada vez más completa en el destino de los pobres, y al mismo tiempo profundizaba en nuestras almas el sentido de nuestra vocación a la oración; y además, leyendo el Evangelio, no parecía que Jesús hubiera querido hacer nunca de la oración algo raro, algo reservado a unos cuantos hombres que gozan de la calma y del reposo necesario a toda meditación  fructuosa. “Venid a mí todos cuantos andáis fatigados y agobiados y hallaréis reposo para vuestras almas” ( Mt 11,28-29).

Sí, es preciso aceptarlo; cuando llega la hora de la oración la mayor parte del tiempo nos sentiremos incapaces de meditar y de pensar. Y toda la cuestión está en saber si no se ofrecerá otro camino para llegar a unirnos con Dios en la oración.

Durante un cierto tiempo, más o menos largo, según los casos, la normal, y aun lo bueno será que nuestro diálogo con Dios comience por un intercambio en el que tendrán parte el pensamiento, la imaginación y las emociones sensibles. Pero este diálogo tiene que progresar  consecuentemente hacia una zona de nosotros mismos situada mucho más allá de la sensibilidad, de las imágenes, de la reflexión.

No temáis simplificar y actualizar en cada etapa vuestro encuentro con Dios. Al principio de vuestra vida de oración -principio que puede prolongarse- abrid, por ejemplo el Evangelio o la Biblia, no tanto para meditar las divinas palabras como para permanecer ahí, bajo su luz, leyendo y releyendo lentamente los versículos, sin análisis, sin discutir con vosotros mismos. Podréis escoger el decir con la misma lentitud el Padrenuestro o el Avemaría, o cualquier otra oración, dejando que sus palabras penetren en vosotros una a una. No puedo dejar de pensar aquí en la repetición rítmica de la “oración de Jesús”, tan antigua y tan querida de nuestros hermanos de Oriente. Todo esto es sencillo y compatible con gran cansancio de las jornadas de trabajo. Y son unos “comienzos” a los cuales convendría volver de cuando en cuando mucho más tarde, ya empeñados a lo largo de la ruta.

Pero, sobre todo, no pegaros jamás a unos métodos, sean los que sean. Vamos hacia Dios con todo nuestro ser y vamos como podemos. Vamos, lo primero, por medio de todas nuestras actividades humanas, sobrenaturalizadas por la presencia de la gracia en nosotros. Pero ya, y cada vez más, son la fe, la esperanza y la caridad viviendo en nosotros, las que nos unen con Dios mismo. Llegados a este punto, necesitaréis tener mucho valor. Y tenéis que los actos no dependen de las impresiones sensibles ni de los “consuelos” que encontremos dentro de nosotros. Nos basta saber que somos hijos de Dios y que queremos entregarnos a Él. La mejor parte de nuestro ser no es aquella de la que tenemos una conciencia clara. Esto lo olvidamos generalmente. Es cierto que podemos tener conciencia de nosotros mismos por medio de nuestros pensamientos, de nuestros actos voluntarios, de nuestros sentimientos. Pero nuestra naturaleza de hijos de Dios escapa a nuestra atención. ¿Cuál de nuestras facultades sería capaz de alcanzar la realidad de la vida divina, o la señal impresa en nuestro ser por el Bautismo? Las “emociones religiosas” se sitúan más en la superficie; tienen causa distinta a las que tiene la percepción de nuestra naturaleza de hijos de Dios.

De este modo podréis llegar a ejercer vitalmente la fe, la esperanza y la caridad. Y esto es ya una oración muy auténtica, aunque despojada de todo. Tal vez entonces vendrá el Señor mismo a cumplir en vosotros sus Misericordias. No creáis que esta acción divina se verá impedida por la vida pobre que tendréis que llevar. Hermanitos, para vosotros, cuya vocación es precisamente esa vida, el trabajo cotidiano, monótono y duro, podrá, por el contrario y en la medida de vuestra felicidad, permitir que Dios, si así lo quiere, obre directamente en vosotros con toda libertad, y que os arrastre en el movimiento mismo de su amor.

No es necesario que lo sintáis. Pensad bien que vuestra oración no es nunca tan real ni tan profunda como cuando se desarrolla fuera del campo de la conciencia sensible. El que ora verdaderamente se pierde de vista, su única mirada es para Dios, y es una mirada de fe pura, de esperanza y de amor, a la que nada sensible y a menudo ningún sentido podrá consolar. Tenemos que estar plenamente convencidos de ello, para que podamos ver con confianza el desarrollo de nuestra vida de oración.

Parece como si tuviéramos una falta de confianza al mismo tiempo que se nos escapa todo punto de apoyo; sin embargo, es entonces cuando empezamos a obrar en el plano propiamente divino. Parece como si nos encontráramos en un mal paso, y es justamente que nuestra vida se ordena por fin como Dios quiere. Cuando ya no caminamos sino obligados por la fe, cuando "permanecemos " ante el Santísimo Sacramento sin saber bien cómo o por qué, cuando nos entregamos al servicio de los demás sin gusto ni atracción, cuando las palabras del Evangelio o de la Liturgia nos parecen desprovistas de otro atractivo, de todo poder emotivo, es entonces, si fuimos fieles y si Dios lo quiere, es precisamente entonces cuando se cumple en nosotros el misterio de la fe y cuando empezamos a penetrar en aquella zona de nuestra  alma, en la que surge la vida divina. Únicamente a la luz de esta perspectiva y convencidos de su verdad, es como podemos reflexionar en el problema de la oración.

Meditar no es, pues, orar. La meditación puede ser, todo lo más, como una preparación a la oración, y para algunos su puerta de entrada. No debemos querer tomar otro camino que el que Dios nos ofrece. Debemos orar como podamos y no tenernos que inquietarnos intentando rezar como podemos. No quiero decir que la meditación no juegue su papel en ese proceso, dentro de poco trataré de ello. Lo único que quiero decir es que la meditación no es la oración, que ni siquiera es esencial como preparación a la oración cuando circunstancias independientes de nuestra voluntad nos obligan a seguir otro camino. Porque existe otro camino.

Todavía más, la meditación puede en ocasiones llegar a ser un obstáculo para la oración, como una pantalla colocada entre Dios y nosotros, como una ruta demasiado cómoda que invita a la pereza. No abandona uno fácilmente la carretera para tomar un sendero abrupto, y no obstante es indispensable abandonarla.

Ya hemos visto que Dios no puede venir a nuestro encuentro sino en la medida de la realidad de nuestro amor, y ésta sólo se encuentra en el camino de la fe pura. Este sendero pasa a través de la oscuridad producida por el desasimiento de la razón y de lo sensible. Ahora bien, este desasimiento es exigido, no tan solo la naturaleza misma de la purificación, sino también por la manera habitual de obrar del Señor Jesús, que no puede acercarse a nosotros sin abrasamos con su agonía y con su cruz. Todos aquellos que pasan por la meditación tendrán necesariamente que llegar a esto, y el Espíritu Santo, si son fieles, vendrá a su hora para romper la ordenación demasiado racional de su vida espiritual y hacer imposible la meditación, con objeto de que su voluntad se vea obligada a dirigirse directamente hacia Dios solo, más allá de toda idea y de todo sentimiento. Ya que el sentimiento no es la oración, como no lo es la meditación. El sentimiento es inconstante y útil únicamente al que comienza, sirviéndole como de cebo para la voluntad. Porque el verdadero amor reside en la voluntad.

Tenemos que creer firmemente que lo verdadero de la oración, la vía de la unión con Dios, está más allá de los sentimientos, de las palabras y de las ideas. Se suele empequeñecer demasiado la realidad de la oración; no se tiene una idea bastante elevada de ella. No se cree suficientemente que Dios puede venir realmente a nosotros para hacer nuestra oración. O bien si se cree en ello, tiene uno la tendencia a reservar su éxito para un escaso número de personas aisladas, a las que el claustro procura un ambiente de silencio favorable a la meditación.

¿Por qué tendría que ser así? Aquellos que se ven privados de meditar debido a sus condiciones de vida, ¿se verían privados de orar por el mismo motivo? ¿No está la oración más allá de la reflexión? Los pobres no pueden meditar. No están dispuestos para ello, no poseen la cultura requerida, no conocen el mecanismo de la meditación o bien están demasiado cansados. Participando en la vida de los trabajadores, tendréis también que participar en su modo de oración. Tampoco vosotros estáis dispuestos para meditar cuando regresáis a vuestra morada, atontados por el ruido de las máquinas de la fábrica, deshechos por el trabajo en el fondo de las minas, embrutecidos por las largas horas de trabajo al sol de una granja. Con la cabeza pesada debido a la intoxicación producida por los gases que lanza al aire la fábrica de plásticos, o llenos de sueño después de las jornadas de pesca en el mar. No podéis meditar.

Pero sí podréis, a fuerza de valor perseverante y por medio de actos de fe y de amor, sencillos y desnudos, sí podréis poneros delante de Dios, y esperarle, abriéndole el fondo de vuestro ser tal y como es. Espera de su venida en el deseo, pero ante todo espera en esa sensación de impotencia, de miseria y de cobardía. El resultado será, con frecuencia, una oración dolorosa, tosca, poco espiritual en apariencia. A través de este esfuerzo de fe, en la valiente actitud del cuerpo, se traducirán la sed y la esperanza de Dios, que después de todo está en lo más profundo de nosotros. La voluntad quiere orar; por lo menos desea y pide la oración. Y es esta pobre materia lo que únicamente podéis ofrecer a Dios ciertos días, y es a Él a quien pertenecerá transformarla en una verdadera oración y un medio de unión con Él.

Sin duda tendréis que ser pacientes y estar constantemente atentos a una perseverancia valerosa, a través de los aplastamientos y de los embrutecimientos.

Este continuo despertar en el ejercicio, ya muy despojado en si de las virtudes teologales, durará para algunos quizá toda la vida. Dios, que os conduce, lo sabe. Pero nosotros podemos, nosotros debemos pedir humildemente y sin cesar al Señor Jesús que nos otorgue este don, que venga Él mismo a orar en nosotros y a decir de una manera inefable la oración que tan sólo Él puede decir a su Padre.

Vosotros le llevaréis la sed de su venida y vuestra espera, muy a menudo totalmente apoyada, apenas con una oración al perecer. Pero Dios puede servirse de ello como un privilegio para transformarlo todo en una purificación auténtica de los sentidos y de la inteligencia, y conduciros hasta la unión divina y será imprescindible que os digáis que una unión muy auténtica, en medio de vuestra vida física tan dura, podrá revestirse de unas formas tan sencillas, diré voluntariamente tan banales que no tendréis siempre necesidad de reconocerla como tal.

Esta convicción es la que tenéis que grabar en el fondo de vuestro corazón: creer que ese camino es bueno, que es un camino de atajo que lleva a la unión en la fe y que Dios vendrá para hacer vuestra oración a pesar vuestro. No se creen esto suficientemente, y por eso no llega uno a acostumbrarse a la idea de una oración sin forma.

Y sin embargo, todos los amigos de Dios han pasado por ahí. Sabemos bien que, en fin de cuentas, lo que únicamente condiciona el encuentro con Aquel que viene al alma de los que le esperaron, con fidelidad y deseo, es la generosidad del amor y de la fe. Aquí todo es don gratuito del Señor, pero de todos modos existe también su promesa: "Si alguno me amare, guardará mi palabra, y mi Padre le amará y a él vendremos y en él haremos mansión" (Jn 14,23).

Al término de la evolución de la oración todos se encuentran en un mismo modo de unión con Dios, sin forma y sin ideas. Pero los caminos habrán sido diferentes, aunque el sentido del trabajo hecho por el espíritu de Dios haya sido siempre el mismo para todos. Nuestro camino es distinto al de los monjes y al de los hombres que viven aislados del mundo, y para la mayor parte de nosotros ese camino no pasará habitualmente por la meditación. Y si pasa, será por una corta etapa. Muy pronto nos veremos obligados a abordar el sendero oscuro de la ausencia de sentimientos, de consolaciones, de representaciones, con todo lo que esto trae consigo de sequedades involuntarias y vacío interior. Por nuestra humilde perseverancia, llena del deseo del amor, solicitaremos de Dios que intervenga para transformar todo esto en purificación de la fe.

Tal es nuestro método de oración. Por tanto, no tenemos por qué sobrellevar nuestra vida de cansancio y de trabajo como una condición inferior y desfavorable, sino que tenemos que abrazarla resueltamente, como un medio privilegiado para nosotros de purificación, de introducción, si Dios lo quiere, en el don gratuito de la unión divina. Tengamos el deseo de marchar en línea recta hacia una oración dolorosa de fe. La imposibilidad de meditar, aunque provenga de circunstancias exteriores puramente materiales, podrá entonces llegar a ser, bajo la acción divina un verdadero paso a la oración de fe. El Señor no nos prometió otra cosa. Estoy seguro de que Dios aceptará este itinerario reducido para las pobres gentes. Pero creo que para merecer este beneplácito es preciso ser humildes y verdaderamente pequeños.

(…) No busquemos otros métodos, contentémonos con aquel que nos indica el Señor. El Evangelio seguirá siendo siempre el código por excelencia de la oración de las pobres gentes, ya que todo lo que en él está indicado permanece a su alcance.

                                   René Voillaume, En el corazón de las masas

(Selección de MCC), (Madrid 2006, pp. 16-22)

 

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