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El abandono bálsamo en la noche oscura

Y esto sí que resultó ser verdad, aunque de una manera distinta a la que pude haber imaginado. Tuve largas temporadas de sosiego, en las que vivía abandonada a esa voluntad de Dios apasionadamente buscada, porque -por decirlo de alguna manera también coincidía con la mía. No creo que me dedicase a hacer lo que yo quería, sino porque en tu delicadeza, Señor, permitiste que la búsqueda de tu voluntad resultara fácil para mí y que nuestro encuentro fuera algo así como cuando dos personas se quieren y de forma espontánea van buscando y deseando lo mismo. Hubo también nubarrones y momentos de fuerte vendaval. Pero cesaba el viento y volvía el sol... y Tú seguías ahí, Señor, con tu ternura y tu perdón.

Y por fin un día llegó la tempestad. Dios mío, ¿qué significado tiene la palabra «abandono», la palabra «confianza», la palabra «Padre», cuando nada se ve, cuando todo se tambalea y hasta lo más querido te es arrebatado? Pasé por una gran depresión, todo me daba lo mismo. No deseaba más que la muerte. Fue por entonces cuando comprendí que la oración del abandono no la había escrito el hermano Carlos así como así, como nosotros la decíamos separada de su contexto. Está sacada de una meditación sobre la crucifixión y él la pone en labios de Jesús en trance de agonía y de muerte. Está muy cerca del «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mc 15, 34), que Jesús pronuncia antes de entregar su vida con total confianza y plena libertad: «Padre, en tus manos pongo mi espíritu»(Lc 23, 46).

Esta escena me gusta contemplarla a la luz del evangelio de Juan, en el que Jesús dice: «Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida, para recobrarla de nuevo. Nadie me la quita; yo la doy voluntariamente. Tengo poder para darla y poder para recobrarla de nuevo» (Jn 10, 17-18)

Y así, poco a poco, fui aprendiendo a creer en tu amor de Padre, Dios mío, no sólo en los momentos de paz sino también en las horas de aflicción (…) confieso que después de aquello nunca más pude rezar la oración del abandono de la misma manera (…).

Fundamentalmente ha vuelto la calma a mi vida. Creo poder decir, sin engañarme ni mentir, que la serenidad forma parte de mi modo de ser, pero sinceramente también creo que la recitación diaria de la oración del abandono ha sido un elemento importante para ello.

M.G. SODALIDAD

 

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